Crítica: La vida de un Calabacín (2016)

Claude Barras recrea una obra potente y mágica en un lugar hostil y taciturno.

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Un pequeño niño está encerrado dentro de su habitación, su imaginación no escasea, tiene todo el cuarto decorado con dibujos a crayón con un poco de reconocimiento leal al mundo exterior. Su madre, entra en reclamo por parte de sus vicios al alcohol e irrumpe su compromiso al a la creatividad. El chico se agarra a su cometa, su mejor acompañante, que puede volar, que puede ir a donde él no llega pero que necesita de su empujón para sobrellevar los vientos. Acto seguido, por una acción involuntaria, la oscuridad y la confusión tiñen sobre la alegría de Calabacín, el protagonista de esta fascinante desventura animada.

La vida de un Calabacín (Ma vie de Courgette) nos propone una osada mirada de la infancia. La historia de un huerfanito siempre tiende a los golpes bajos, no es el caso de la obra de Claude Barras que con la ayuda de Céline Sciamma, Germano Zullo y Morgan Navarro en la escritura desempeñan de las producciones stop motion más emotiva y tenaz desde Mary and Max (2009) de Adam Elliot.
El encuentro de Calabacín con sus compañeros en el orfanato, como un intruso, alguien que debe explicaciones en una situación que no se pueden darlas, resulta en una junta de pruebas constantes y  de bullying que el forastero deberá adaptarse. No hay nadie que dé respuesta a nada. Son ellos quienes efectúan sus propias reglas, sin adultos, sin límites, sin reconocimos, sin ejemplos a seguir.

Todo cambia para el protagonista con la llegada de otra nueva recluta llamada Agatha, una chica que posee todas las virtudes de la inocencia que hipnotizan a Calabacín dando a conocer el amor puerile a su facetas de descubrimientos. Junto emprenderán una relación que mantendrá su fe intacta y su recreación para mantener a salvo de lo poco que tienen, o lo poco que les queda salvar.

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La animación realizada con la técnica de stop motion, siendo verdad que no lleva a los niveles grandilocuentes de las compañías Laika o Aardman pero contiene un plus extra que las otras dos empresas se están olvidando: un guion original y brillantemente pulido.
Basado en la novela de Gilles Paris, la construcción narrativa conlleva un fuerte ligamento de la hipocresía actual, la sociedad oscura que se puede crear y los vaivenes de la niñez.

La música empleada por Sophie Hunger (la nueva estrella pop suiza) es otro de los puntos a favor que contiene esta opera prima. Proponiendo un juego de momentos líricos con otros de plenamente melancólicos.

Tampoco es casualidad que la producción suiza contenga expresiones existencialistas en un relato para los más chicos porque ya los héroes puros ya nos estaban agobiando. Porque la culpa llega, porque no todo es de color de rosa en este mundo que solo este largometraje retrata con tanta magia y desdén.
Que su duración de 66 minutos no te engañe, será imposible olvidar este largometraje maravilloso donde la reflexión y las emociones se disparan por sí solas. Solo basta que nos entremos a la experiencia.

La película se exhibirá este miércoles 19 a las 20.00 hs en el Parque Francia por la apertura del Bafici. Y luego tendrá otra dos proyecciones el viernes 21 a las 17:30 en el Polideportivo Los Piletones y el sábado 22 a las 12 en el Village de Recoleta.

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