Crítica: Ready Player One (2018)

La adaptación del conocido bestseller llega de la mano de Steven Spielberg a la pantalla grande donde veremos la historia de un nuevo héroe.

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Imagen: Warner

La visión de un gamer

Por Ismael Corta.

Como muchos sabrán, Steven Spielberg fue uno de los pioneros en materia de videojuegos en el nacimiento de las consolas allá por los fines de los noventas; la imaginación del director lo llevó a darle fondos y poner en movimiento dos grandes sagas virtuales: “Medal of honor” (1999) y “Halo” (2001).

Su amor por el medio está ilustrado en su última obra basada en el libro de Ernest Cline “Ready Player One”; la cual se lleva a cabo en un futuro distópico donde la humanidad evita las rutinas y crueldades de la vida cotidiana entrando en “Oasis”, un sistema de realidad virtual que involucra todos los videojuegos en una sola consola.
Se trata de una narrativa común en cualquier libro para jóvenes adultos, nuestro protagonista, Wade (Tye Sheridan), es un diamante en bruto que desea ser más en la vida y se encuentra en plena caza de tres llaves que el desarrollador dejó dentro del juego y de las cuales convertirán al poseedor en dueño del Oasis. De la misma manera que se encuentra al héroe se encuentra al villano, en este caso el CEO de una compañía que desea el poder que le traería el sistema, y así poblarlo con microtransacciones que harían que Electronic Arts se sonroje.

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Si bien la relación entre el séptimo arte y los videojuegos ha tenido roces dolorosos para los fanáticos de ambos medios, el contexto de la película representa esencialmente la relación del jugador con el entorno que lo rodea, el ofuscamiento ante la pérdida y la adicción a la victoria. Los cameos no son raros ya que los avatares dentro de Oasis pueden modificarse, quienes sean fanáticos podrán reconocer a varios de sus héroes favoritos, así también como pequeñas referencias a los clásicos arcades de los ochenta.
Si bien carece de originalidad en cuanto al trayecto del personaje principal y las lecciones morales que este adquiere al final, la creatividad se encuentra en la ambientación, la construcción y dualidad de los mundos que lo rodean. La vida en un mundo post-Oasis apenas vale la pena para cualquiera de sus habitantes, es una realidad donde alguien es nadie, y la única realidad es la futilidad, dentro de lo virtual, un mendigo puede ser rey, un cobarde, héroe, y el esfuerzo siempre lleva a la ganancia.

Existe dentro del film un comentario claro hacia nuestra nueva cultura centrada alrededor de lo electrónico, el mismo discurso no golpea de manera condescendiente sino que romantiza las historias que son creadas dentro de un juego pero no evita aclarar que la realidad es lo único que es real.
Todo lo previamente dicho si es combinado con las grandes actuaciones y la imaginación y entusiasmo de todos los involucrados la convierte en una de las mejores y más recomendadas películas que he visto este año.

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