Crítica: Una voz silenciosa (2016)

El director Noaka Yamada llega, por primera vez, a los cines argentinos con una obra dulce y melancólica.

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El mundo escolar es algo al que no se escapa en las temáticas de los animes. En este caso, el animador adapta la novela gráfica de Yoshitoki Ōima donde las crisis existenciales adolescentes padecen un peso importante en un contexto actual de un Japón con una de las tasas más altas de suicidio en el mundo.

Shouya es un chico hiperactivo, a quien le gusta acosar a sus compañeros de primaria para sentirse bien. Nada cambia cuando una nueva alumna, Shouko, arriba a su curso. La reciente estudiante es sordomuda y tiene varios problemas para adaptarse al aula. El bullying comienza como una bola de nieve, al tal extremo como en el film “Después de Lucía” de Michel Franco, que la niña debe cambiarse del colegio antes de que sufran un daño mayor tanto físico como psicólogo.

Luego, ya en la secundaria, Shouya sufre de bullying por parte de toda la escuela como mera lección de su pasado transgresor. Su única escapatoria de este mundo nefasto será el reencuentro con Shouko a quien en ella encuentra otra oportunidad para vivir, o mejor dicho, para encontrar el sentido de su pequeña existencia.

La relación amor/odio que tienen los protagonistas es el iniciativo que tiene para crear una historia firme, con vaivenes. A medida que se van reencontrando, van apareciendo viejos amigos, y otros nuevos, que van replanteando sobre el acoso escolar que hubo un tiempo atrás.

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Pero en contrapartida, el largometraje se hunde en su propia depresión sartriana, los momentos lumínicos son casi escasos y genera en el espectador un sinfín de momentos asfixiantes. Una vez que el tanque del estrés se llena, la animación vuelve a recrear momentos agintanes, así hasta el final.

Es la propia construcción de los personajes la que hace rendir a la trama, Shouku remite a la imagen de la muda buena, la purificada, la que todo perdona ese ángel sin voz que también pudimos apreciar en “Dulce y melancólico” de Woody Allen. Por el otro costado, Shouya obtiene un cambio interno, deja de ser el chico de personalidad fuerte porque ya no tiene con quien compartir sus triunfos en el aula. Se convierte en un chico tímido y melancólico que deberá recorrer una búsqueda interior para llegar a su propia armonía.

En cuanto a su tratado visual, nunca deja de ser una arma visual importante dentro de la narración de la misma. Es ahí donde se juega su mayor esplendor con imágenes tanto armónicas como impactantes. En especial, en el final donde toda la artillería se desenvuelve de manera fluida y fulminante para llegar a las lágrimas.


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