Crítica: The Grinch (2018)

La empalagosa versión colorida de Illumination Entertainment.

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Imagen: UIP

Por Iván Portillo

Para empezar, no está de más aclarar un par de cuestiones. La primera es que”The Grinch” es la tercera versión a gran escala del cuento homónimo de Dr. Seuss por lo que la comparación parece inevitable en estos mares. La segunda es que la compañía Illumination Entertainment, responsable de traer esta adaptación es la misma que dio vida a Los Minions y que había realizado una segunda versión de Lorax, por lo que se sigue expandiendo su universo animado en 3D basado en el cuentista infantil.

En esta oportunidad, el protagonista viene nutrido de nuevos secundarios y un mundo demasiado colorido (no es necesario tener un problema personal con la ciudad para quedar sobrecargado y odioso por el lugar excedido de dulzura). El Grinch, como bien sabemos todos odia a todo el pueblo de Whoville, en especial énfasis durante la llegada de la Navidad,  y se somete a un aislamiento casi total. Su única compañía es su la de su perro Max quien gana más participación y protagonismo en la aventura, marca registrada de Illumination por la relación perro y dueño (Pets, 2015).

El estudio recae en una historia con un hilo demasiado infantil y pedagógico, problema que compartío con su anterior obra Lorax, hay mucho más énfasis en subrayar el mensaje antes de llegar a los chicos en una historia atractiva y emocionante.
Sin embargo, lo primordial de este Grinch 3.0 no es su actitud casi automática (debe odiar porque así se escribió en el guion) sino su falta de interés en sí mismo. No hay nada que indique el hombre verde y peludo vaya hacer algo peligroso, osado, totalmente desgarrador, en definitiva, arriesgado. Pasó de ser un villano a ser simplemente un “troll“, en donde reina la premisa de mejor asustar que castigar. La idea principal deja de ser la quitar la felicidad a querer hacer una broma superflua y molesta.
Durante el momento clave de la acción, donde el robo de la Navidad debería ser el punto más orgásmico de la obra, se lo relata como si hubiese sido otro suceso más en el universo de los Whoville. No hay peligro real, no hay intriga ni empatía por los habitantes de la ciudad.

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En cuanto a comparaciones, el papel de Benedict Cumberbatch no encaja del todo en el Grinch por una única razón, su acento y pronunciación es demasiado perfecta para un ser lleno de mal humor y rencor; a diferencia de Jim Carrey o Boris Karloff quienes acentuaban muletillas o tonos (a veces hasta el ridículo para mal) del protagonista. El actor Cumberbatch podría darle una cátedra de fonética o ser fonólogo oficial de todo Whoville.
La segunda gran diferencia pasa por el abuso de los colores y la recreación excesivamente alegre que tiene los habitantes de esta nueva propuesta, la oscuridad no existe y hasta la más alegre melodía reside en la casa del Grinch. Atractivo irresistible que funciona como gancho para cualquier chico amante de los Minions y lo acentúa las producciones de la empresa animada con su música pegadiza y chistes fáciles.
El tercer, y más importante, cambio es el pasado del malo. No se hace ningún recorrido profundo de la infancia del sujeto verde y no logra explorar muy bien el porqué de su rencor. Todo queda como un decorado de navidad, se puso un mero flashback de adorno.

Los pocos chistes y la gran dinámica que tiene el protagonista con su dupla canina hacen amena la duración de los 90 minutos que contiene este film que, por momentos, se pierde en sí misma con su abuso de felicidad.


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